martes, 27 de diciembre de 2016

Oír un libro

Para empezar este artículo, debo relatar una anécdota que realmente dejó una impresión en mi estilo de promover la lectura. Hace años realicé un encuentro juvenil en una pequeña biblioteca, la actividad reunió a unos 20 adolescentes de un liceo cercano que estaban a la expectativa sobre qué descubrirían en esta grata experiencia, sin pensar que la lección más importante me la llevaría yo. 

Mientras los participantes se registraban, me percaté que entre ellos había un chamo invidente; este jovencito era guiado por uno de sus compañeros hasta su puesto. Debo confesar que estaba consternado: ¿cómo podría hablar sobre libros juveniles, la magia que esconden y la importancia que tienen, cuando entre los oyentes estaba un muchacho que no podía "leer"? 



Me acerqué para preguntar sobre él a la bibliotecaria encargada, quien gracias a Dios ha conocido a estos muchachos por su contacto frecuente con el plantel educativo. Me dijo que es un jovencito muy activo en actividades de todo tipo, a pesar de su discapacidad: "En cualquier evento que pueda realizarse, él está ahí". 

Con esos datos me propuse darle un giro a la actividad, aprovechando la presencia de este chamo: debí cambiar algunas dinámicas de grupo y adaptarlas para todos, inclusive en el momento de escribir un relato breve debí requerir la ayuda de la bibliotecaria para apoyarlo en su cuento (él dictaba y ella escribía). 

Al finalizar el evento, le pregunté a este joven cómo era su acercamiento con los libros y fue cuando su respuesta me sorprendió (e incluso me sacó una lágrima): "Es difícil conseguir libros en braille pues la bibliotecaria ha buscado para mí. Tengo que conformarme con los audiolibros. Deseo leer como sea pues es molesto cuando todos disfrutan hablando de lo que vieron en una película o en la TV. Tengo el sueño de ser un cantante o un escritor, así no pueda mirar como los demás".



No ahondaré sobre lo que esa experiencia dejó en mí, pero sí puedo resaltar que impulsó mi forma de promover la lectura entre los jóvenes. Además, tuvo razón al comentar que libros de papel con alfabeto braille son difíciles e incluso escasos, debido a diversos aspectos que se pueden analizar con editoriales, cámara del libro y entes gubernamentales que deberían promover la lectura.

No obstante, me enfocaré sobre una herramienta de lectura que muy poco se ha dado a conocer y que este jovencito me explicó: los audiolibros.





Pequeña y aburrida reseña sobre "oír un libro"

Antiguamente (y disculpen este adverbio para quienes se sientan aludidos) la radio fue el principal instrumento que acercó los libros a nuestros oídos. Gran parte de la programación de las emisoras estaba dedicada a la presentación de obras literarias y pequeños relatos, inclusive antes de la aparición de la televisión. Los pequeños y adolescentes se embebían con las aventuras de su héroe favorito, así como las amas de casa disfrutaban los amoríos y desengaños de los personajes en las radionovelas. 

Luego llegó el disco de vinilo, que no sólo podía contener música sino relatos narrados por locutores profesionales. Desde cuentos infantiles hasta cursos de idiomas, la gama era amplia y su provecho no tenía límites pues no se dependía de un horario para esperar la radionovela sino de poseer el tocadiscos para reproducir estos discos. 



Seguidamente el casete hizo su aparición. No requería un cuidado especial como el disco de acetato y además eran más baratos, fáciles de adquirir y de transportar (muchos recordarán los famosos walkman en su infancia). Era común conseguirlos en las tiendas de música e incluso muchos llegaron a las bibliotecas para promover la educación a distancia.



Finalizando el siglo XX y como demostración que la tecnología también avanza a pasos gigantes, el Compact Disc o CD no tuvo empacho en formar parte del mercado. Aunque se hicieron populares porque podían contener más información y su manejo era más sencillo, también su uso en el área educativa aún es valioso para la reproducción de material académico. 

Desde aprender idiomas, conocer una cultura y oír un libro de autosuperación, las ventas de CD y su comercialización en cualquier disponibilidad (inclusive ilícita) lo han convertido en la herramienta más atractiva de nuestro tema. 



Con la llegada del internet y su incursión en cualquier hogar, también se amplió la posibilidad de leer sin leer. Muchas plataformas de video (como YouTube, Dailymotion, etc.) y de audio (SoundCloud, iTunes, entre otras) han facilitado el acceso a audiolibros. 

Muchos internautas con un espíritu altruista y desinteresado invierten su tiempo y esfuerzo en la grabación de audiolibros, sin importar que no reciban un pago por ello. Con este propósito emplean su sapiencia y creatividad en programas de edición de audio para crear efectos de sonido y modular la voz de los narradores. 

No entraré en la diatriba sobre derecho de autor con respecto a este tipo de actividad (espero que un profesional del Derecho emita su opinión sobre ello), pero no se puede negar que el fruto de esta actividad es ofrecer una obra literaria a quienes no pueden acceder a ella.


Provecho del audiolibro y compromiso de todos

Comentaré este aspecto con dos ejemplos prácticos basados en par de anécdotas:

  • En una mañana ajetreada en casa, debía cumplir con los deberes hogareños, pero la monotonía de realizar las labores también era molesta. Me acerqué a mi computador y busqué qué tipo de música colocar; pero de forma accidental ingresé en una plataforma de videos y como el día anterior había leído algunos relatos de H.P. Lovecraft, por simple curiosidad se me antojó ver si existía alguna referencia a este autor, llegando al punto límite de procastrinar mis responsabilidades. Mi agradable sorpresa es que descubrí una lista amplia de audiolibros de este escritor, algunos con duración de apenas minutos, pero otros -que eran novelas- con alrededor de seis horas de grabación. Primera vez que fregar los platos y oyendo "El modelo de Pickman" había resultado agradable para mí.
  • Como ya expliqué en el artículo anterior sobre Herramientas para promover la lectura entre los no-lectores (Parte 1), algunos casos sobre estudiantes e incluso personas que ponen excusas para leer -ya sea por tiempo, por obligaciones o por pereza- se dan con frecuencia. Pero el recurso del audiolibro también se presenta como una excelente herramienta que "destroza" todo argumento sobre la apatía de leer. Desde hacer ejercicios, cumplir actividades sencillas y no-hacer-nada, todos son aprovechables para "tomar un buen audiolibro" y dedicarse a oír la historia que tanto tiempo quiso leer.
Muchos escritores han prestado su voz para algunas obras suyas, por lo que la idea aún hoy se expande. También algunas fundaciones y grupos han dedicado esfuerzos a esta labor para llevar los audiolibros a quienes no pueden adquirirlos o presentan problemas de visión. Uno de estos grupos es LibriVox, plataforma web dedicada de forma voluntaria a recopilar y promocionar los audiolibros (les invito a visitarla).

Como conclusión puedo sugerir que no solo nos quedemos como meros lectores, aquellos que devoran libros como galletas. Hay otros que desean conocer esos mundos y personajes, historias y aventuras, relatos y novelas, pero se ven impedidos por su condición, por su apatía o por su poco conocimiento en estas herramientas. Ofrezcamos un poco de nuestro esfuerzo en esta labor para aquellos que no ven o quienes no desean ver y sumergirlos en el mar de la lectura provechosa y recreativa.